Pronóstico 28-J

Cuando intento hacer análisis político trato de liberarme de prejuicios políticos e ideológicos, de pasiones y de cualquier atisbo de fanatismo. En esos términos me hago la pregunta del día: ¿qué va a pasar el 28 de julio? ¿quién ganará la elección presidencial? Aquí va mi pronóstico, y para que no se desilusione el lector, de una vez aclaro que no daré el nombre de un ganador, más bien hablaré de lo que debe pasar para que gane una de las dos candidaturas polarizadas. Y esto es lo primero que se prefigura: será una carrera entre dos, con otros competidores que llegarán lejos de ambos. Ya se sabe a quiénes me refiero: Nicolás Maduro por el Gran Polo Patriótico y Edmundo González por la Plataforma Unitaria Democrática.

Para responder a tan peliaguda interrogante, acudiré al viejo método de las matemáticas ¿Cómo ha sido, en ese sentido, el comportamiento del electorado en las elecciones presidenciales desde las últimas donde participó Hugo Chávez? ¿Y qué revelan esos números de cara al 28-J? Veamos.

En 2012 fue la última elección en la que se postuló Chávez. Se realizaron el 7 de octubre y participó el 80,49% del padrón electoral. Chávez recibió 8.191.000 votos (55%) y Henrique Capriles 6.591.304 (44,31%). Seis meses y siete días después, el 14 de abril de 2013, se efectuó una nueva elección presidencial tras el fallecimiento del presidente electo en 2012. En ese año fueron candidatos Nicolás Maduro (tras la orden postrera de Chávez para que se votara por él) y Henrique Capriles, con participación parecida a la de la elección anterior, 79,68%. Maduro obtuvo 7.587.579 sufragios (50,61%). Como se ve, el candidato del Gran Polo Patriótico recabó 603.553 votos menos que Chávez en 2012, con una caída porcentual de 4,39 puntos. Sorprendentemente, Capriles sacó 7.363.980 votos (49,12%), 762.676 más que en los anteriores comicios, con un ascenso porcentual de 4,81 puntos. Es decir, los votos que perdió Maduro se trasladaron casi milimétricamente a Capriles. Acaso eran votantes de Chávez que se le escaparon a Maduro, lo que confirmaría las encuestas que señalaban frecuentemente que la popularidad del expresidente era superior a la de su gobierno.

En fin, hubo nuevas elecciones presidenciales en 2018. En esa oportunidad los principales partidos de oposición llamaron a la abstención (AD, PJ, UNT y VP), lo que permitió el triunfo fácil de Maduro con el concurso de una minoría de electores. En efecto, con un padrón electoral de 20.526.978 electores, Maduro obtuvo 6.248.866 votos, el 30,44% de ese padrón. El llamado a abstención de la oposición mayoritaria surtió efecto, pues solo participó el 46,07%, cerca de la mitad de quienes votaron en 2012 y 2013. Por supuesto, los candidatos opositores participantes, Henry Falcón y Javier Bertucci, llegaron lejos de Maduro, pues la oposición mayoritaria se abstuvo, mientras el chavismo votó con todo lo que le quedaba, que cada vez era menos: en apenas 5 años, Maduro perdió 1.338.715 sufragios, más que doblando la cantidad perdida en 2013.

¿Qué puede pasar en 2024, de acuerdo a las líneas de ascenso y descenso ya planteadas? Es difícil suponer que no va a caer en algo la votación de Maduro, después de 6 años más de natural desgaste y de una gestión, sea cuales sean las razones, que se presenta, por ahora, con más pena que gloria ¿De cuánto podría ser la caída? Lo primero que deberíamos establecer es cuál porcentaje de la migración estaría conformado por electores de Maduro en 2018. La mayoría de los migrantes no se van por razones políticas, sino básicamente económicas. Emigran con la dudosa ilusión de mejorar su calidad de vida (a los pobres suele irles mal en cualquier parte). De todas formas, se presume que quienes están contra Maduro son más, porque la mayoría de los chavistas duros se adaptan y se quedan. Digamos, pues, al voleo, que de los migrantes de los últimos seis años (¿cuatro millones?) el 10% fueron votantes de Maduro. Habría que restar 400.000 votos chavistas de los de 2018 ¿Y qué cantidad corresponde a los decepcionados por la gestión? Seamos generosos y digamos que son 250.000. Si estas fuesen las cuentas, Maduro obtendría el 28-J alrededor de 5.600.000 votos (muy pocos de quienes ese año votaron contra Maduro o se abstuvieron habrán saltado la talanquera hacia el chavismo) Ese será, en nuestra opinión, el techo del actual presidente. Aunque si obtuviera el mismo porcentaje con relación a la cantidad de electores posibles (+ o – 30%), ese techo bajaría a 5.100.000 votos ¿Significa esto que perderá la elección? No necesariamente. Veamos ahora.

Lo que va a definir al ganador de las venideras elecciones presidenciales es el nivel de participación. Si se cumple el patrón de voto masivo en elecciones presidenciales competitivas desde 1998 (las del 2018 no cuentan por las razones ya expuestas)) el chavismo estaría en serios problemas, puesto que se podría pensar que el 28-J votaría alrededor del 75% del electorado, y hasta más. Aquí van las posibilidades, según la participación.

El actual padrón electoral podría estimarse, como se ha dicho, en 17 millones de electores esperados (se restan 5.000.000 de migrantes estimados, en total) Si vota solo el 50% (un poco más que en 2018), tendríamos 8.500.000 electores: Maduro arrasaría. Si vota el 60%, serían 10.200.000 electores efectivos: Maduro ganaría con suficiente ventaja. Si vota el 65% (11.050.000 electores), Maduro tendría mayor posibilidad de ganar, pero con una ventaja escueta, o hasta podría perder. Cualquier participación de 70 o más por ciento, le daría una victoria cómoda a Edmundo González, aun restándole los votos de los otros candidatos opositores.

Ahora bien, estamos hablando de una situación de normalidad de aquí al 28 de julio. Estas previsiones pueden verse afectadas por distintos hechos ¿Qué pasaría si el gobierno, con un esfuerzo notable o con la generación de dinero inorgánico, se aparece con un aumento de salarios más o menos sólido y/o con varios bonos jugosos extraordinarios? No necesariamente ganaría por ello, pero sí aumentaría su caudal de votos, habría que ver en qué proporción. Puede surgir, también, un evento sobrevenido que cambie las matrices actuales: un grave atentado de cualquier factor político, por ejemplo, o una tragedia natural como la de Vargas, según la atienda bien o mal el Gobierno. Hay por otro lado rumores de algunas acciones posibles del Gobierno por vía judicial, como la inhabilitación de la tarjeta de la MUD e inclusive de la candidatura de Edmundo González ¿Cómo reaccionarían los actores políticos ante cualquiera de estas contingencias y en qué medida afectarían el resultado electoral? Todo es posible en el extraño mundo de la política. Amanecerá y veremos.



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Néstor Francia


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