Los carroñeros navideños rondando por la capital

Apreciados lectores, me ocurrió un percance esta mañana manejando la camioneta de mi hijo. Me distraje al salir, desde la autopista de Prados del Este hacia Santa Rosa de Lima, en el sureste de Caracas, municipio Baruta. justamente en el portón de la entrada del colegio Santa Rosa de Lima (1).

En ese colegio Santa Rosa de Lima pensaban mis padres internarme para estudiar bachillerato. Luego lo pensaron mejor, pues seguramente era costoso y la familia vivía en la ciudad por lo que no era necesario internarme. En el fondo, en esa época, a mediados de los sesenta, hasta me gustaba la idea pues el lugar es muy agradable, amplio, tipo castillo con una capilla hermosa donde se casó una prima que, por cierto, estudió ahí. En cambio, yo estudié el bachillerato en otro colegio regido también por monjas, el colegio de las dominicas, Santo Domingo de Guzmán, por allá en la urbanización El Rosal.

Tan amplio es el colegio Santa Rosa de Lima que, cuando hubo el deslave en La Guaira en 1999 y había que buscar refugio para muchos, me parecía un lugar muy apropiado para alojar unos cientos. Porque ya, desde hace años, a pesar de tener la arquitectura adecuada, el colegio no tiene internado. Comprendí que seguramente la iglesia católica, no muy amiga de la revolución bolivariana, se negaría a la petición. ¿Quién sabe si hasta la hicieron? Los valores de la caridad al parecer no se ponen en acto: haz lo que digo mas no lo que hago.

Pero ni lo dijeron ni lo hicieron. Muy seguramente se negaron y dijeron no, como ocurrió en el estado fronterizo Táchira cuando, un colegio católico del cual no ubico el nombre ni la información, se negó, sin compasión, a darle refugio a los venezolanos que retornaban de Colombia y que debían pasar la cuarentena del Covid 19 antes de ser llevados a sus lugares de residencia.

Además de estos detalles, justamente esta tarde viendo una clase de Juan Carlos Monederos en Puebla, México, organizada por el INFP de Morena, éste señalaba que, en el capitalismo, hasta el conocimiento es una mercancía. A pesar de que los saberes no son inicialmente mercancía, al igual que no lo son la familia ni la naturaleza, la sociedad neoliberal se aprovecha de ellos para mercantilizarlos y al final, termina pudriéndolos (2).

Recuerdo a unos estudiantes en la cátedra donde me desempeñaba como docente, que me confesaban sin algún pudor que, al salir de la carrera, montarían una clínica que llamaría "La Clinique". Mismo nombre de la conocida marca francesa de cosméticos que, en época de bonanza, también usaba yo misma. Desde hace años, imposible de adquirir, por los altos costos y además por la manifestación de una conciencia que inhibe el gasto superfluo e innecesario cuando hay muchos hermanos pasando necesidades.

Continúo, al recordar una parte de la clase de Juan Carlos Monederos, el politólogo español que fundó el partido político Podemos cuando hubo el movimiento de los indignados en España, el 15-M, en 2011. Decía que la sociedad neoliberal colocó al conocimiento como una mercancía. Cuando voy a Google y busco información sobre el Colegio Santa Rosa De Lima, me aparece como "empresa que se desempeña en la siguiente industria: Enseñanza secundaria (3).

Trayendo a colación Monederos, invitado regular en el programa Desde Donde Sea de La Iguana Tv, además asesor de Chávez en los inicios de su gobierno, no acabo de entender el por qué es cuestionado actualmente por otros intelectuales de izquierda. Mis muy incipientes estudios en ciencias políticas no han llegado a tal nivel que permitan detectar esas diferencias. Aunque creo que, desde que Podemos entró al gobierno junto con el PSOE, se ha vuelto más de derecha que de izquierda, traicionando a la población indignada que votó por ellos llevándolos al poder.

Tendré que estudiar mucho y pedirle a mi sabio amigo secreto Diogenes que me lo explique, nuevamente, con detalle.

Dispersión aparte, manejando, me encaramé sobre un largo brocal color amarillo, quedando la camioneta atrapada sobre el mismo, y un caucho completamente explotado. Justamente por esa dispersión que me caracteriza, cuando doy rienda suelta a mis pensamientos, creo que andaba pensando en otras cosas, seguramente en la inmortalidad del cangrejo.

Lo cierto es que, a pesar del incidente, además del daño a la camioneta, no choqué con otro vehículo, prácticamente no interrumpí el tráfico en ninguno de los dos canales implicados, pero me cayeron encima, en el lapso de pocos minutos, varias patrullas de la policía municipal de Baruta. Al final permaneció solo un equipo de ellos.

No me ofrecieron el servicio de grúas que la alcaldía de Baruta ofrece para accidentes de este tipo en el área del municipio (4) , pues según, si lo hacían debían reportar a tránsito y me multarían. Pero sí me ofrecieron una grúa privada que, al llegar, no quiso decirme el monto para sacar al vehículo del lugar, pero si hablaban secretamente, enconchupados, con los dos policías.

En los siguientes minutos, también llegó otra grúa, pero esta vez acompañados de dos oficiales del CPNB (Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana), todos vestidos de negro riguroso, con chalecos antibalas, daban pena bajo el brillante sol del mediodía. Al preguntarle directamente a qué cuerpo pertenecían, la oficial me respondió que son de tránsito (¿?). Uno de ellos, el masculino, le pide a mi hijo (que había llegado a auxiliarme), que no continuara cambiando el caucho explotado, acción necesaria para poder mover el vehículo de sitio.

Mientras tanto, otro policía municipal, me interroga pidiéndome mis datos, incluso mi dirección completa que me negué a darle. Del otro lado estaba el gruero en actitud de espera, mientras que, al otro extremo de la calle, permanecía expectante la otra grúa que llegó con los oficiales vestidos completamente de negro marcados como CPNB, y que me respondieron eran funcionarios de tránsito.

Apreciados lectores, lo cierto es que estaba clara la doble componenda. La policía del municipio no me ofrece la grúa que la alcaldía tiene para estos fines, amenazándome con un reporte a tránsito con la consecuente multa para mí.
Los otros funcionarios de negro, unos metros más allá, prohibiendo a mi hijo cambiar el caucho. Hasta que empecé, yo como siempre muy impertinente (en este caso sí era pertinente en verdad) a darles una arenga, a señalarles que no había choque, que no había interrupción del tránsito y que, sin embargo, dos cuerpos policiales, que se apersonaron inmediatamente, en vez de colaborar obstruían nuestro quehacer y cada uno, muy aparte ellos, con dos grúas de privados, intentando quedarse con la presa.

Todo esto a la vista pública, en pleno mediodía, en el lugar que les conté.

¡Conozco al alcalde! Le mandaré un twitter. Empecé a decirles: ustedes deberían atender otros percances más serios en vez de estar aquí, además sin apoyarme; falta solo que Tareck William Saab envíe dos fiscales para imputarme por el incidente y llevarme al tribunal. En fin, les di a entender que no dejaría que me matraquearan, que yo conozco bien mis derechos y no, no, ¡no!

Se desaparecieron todos ellos, en un santiamén.

Apreciados lectores, uno porque está curtido y no se deja. Pero ¿Cuántas personas más ingenuas, hasta inocentes, sucumben frente a los uniformes de esos funcionarios?

Es lo que llama el maestro Enrique Dussel, el poder administrativo, esta vez en el área de la seguridad. Pretenden, por el uso de la fuerza que los asiste, aprovecharse de un ligero error, por descuido, que cometí, afortunadamente sin lesionar a terceros. En período navideño.

Sin embargo, sí vemos diariamente a este tipo de funcionario de la policía municipal de Baruta, con grúas que se llevan vehículos, según ellos mal estacionados, deduzco yo porque ya viene diciembre y hay que llenar el cochinito. Fuertes multas y pago de estacionamientos, además del fastidio de la búsqueda del vehículo retirado.

Con mis hijos, la experiencia nos sirvió para compararlos con los zamuros que se pasean muy conchudos, esperando sobre los postes de luces que un vehículo atropelle a un gatito para empezar, rápidamente, a comerlo. Los vemos con cierta frecuencia, y por ello alimentamos, desde el exterior de nuestra vivienda, a unos veinte gatos callejeros (abandonados) que, de lo contrario, correrían la misma suerte al salir a la calle buscando comida de las basuras.

Apreciados lectores, por ahora, nos salvamos. Averiguaré si también es permitido filmarlos con el celular, en situaciones como ésta, para poner la denuncia que corresponde.

Alcalde Darwin González póngale el ojo al gran negocio de vehículos remolcados en el municipio. ¿A dónde llegan esos ingresos?

Es apropiado finalizar con la buena noticia: al ocurrir el incidente, un chofer de camión se paró inmediatamente a auxiliarme, poner el triángulo rojo, y a permanecer conmigo hasta que no llegaran mis hijos. Se trataba de una persona humilde, trabajadora, solidaria, que le acaricia el alma a uno.

Definitivamente existen muchas personas de bien a nuestro lado, y hay que saber valorarlas, apreciar su consideración para el prójimo, a pesar de que seguramente, no muchos de ellos serán considerados con la misma vara.
Son ellos los que llaman pueblo, cercanos, compasivos, humildes, realmente cristianos.


postdata: sospecho que mis hijos están pensando seriamente en pedirme que ya no maneje.

  1. https://fundaayc.com/2020/04/10/1954%E2%80%A2-colegio-santa-rosa-de-lima/
  2. https://www.youtube.com/watch?v=ePX_yH9Y9Qo
  3. https://ve.todosnegocios.com/colegio-santa-rosa-de-lima_1U-0212-9093300
  4. https://twitter.com/alcaldiabaruta/status/13021299101?lang=es


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Flavia Riggione

Profesora e investigadora (J) Titular de la UCV.

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