Después de una explosión nuclear 

Es vergonzoso, algo lúgubre, que todavía hoy, a final del 2022, los líderes responsables del mantenimiento y conservación de la paz del planeta todavía utilicen en sus discursos la palabra guerra y peor aún, algunos refieren la amenaza de una guerra nuclear como elemento disuasivo. Nací después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, con tétricos resultados como los reseñados en los periódicos de la época, en las películas de que muestran el triste espectáculo, así mismo los macabros episodios relatados en los libros de historia. Los recientes sucesos acaecidos en Europa, en el enfrentamiento de EEUU, la UE, la OTAN contra Rusia es un adelanto de lo que puede pasar. Sin embargo, tal amenaza dejó de ser latente dado que, por los despliegues de armas mortales convencionales exhibidas por las grandes potencias, estas parecieran sentirte ufanas por la capacidad de destrucción y el gran potencial, responsable de miles de muertos en pocos minutos. A lo anterior se debe agregar las pretensiones de EEUU y la UE de abrir otra brecha de violencia en la cuestión de China y Taiwán, posibilidad que no está descartada, ante el temor de las usureras corporaciones yanquis y europeas de perder el control de los mercados que ahora sorprendentemente, lo controlan, una parte, los herederos de Confucio.

Lo anterior no debe asombrar, tales prácticas las vienen haciendo desde hace más de un siglo las viejas potencias europeas y ahora, la estadounidense. Esta violencia de carácter mundial la llevaron a cabo para controlar el monopolio del crudo (exploración, explotación, refinería y comercialización del petróleo y derivados) en la zona del Medio Oriente, así como también, el dominio de la explotación y comercio de las piedras y metales preciosos (oro, diamantes, esmeraldas, rubíes…) en los países africanos. Millones de muertos yacen en tumbas sin nombre, en el fondo algún río u océano, o simplemente enterrados en la selva o en terreno desértico, producto de las pendencias mortales para que las grandes corporaciones financieras e industriales capitalistas dominen los mercados de la materia prima, la propiedad de terrenos fértiles, la producción agropecuaria y todo aquello que se pueda transformar en productos acabados y se logren vender dentro de un régimen de monopolio.

A pesar de los millones de muertos y desolación de ciudades, los herederos de la Primera y Segunda Guerras Mundiales no lograron algún aprendizaje y siguen haciendo la guerra como la parte cotidiana para dirimir los problemas que nunca se resuelven, peor aún, se agravan cada vez más. Estamos en presencia de la Tercera Guerra Mundial no declarada, EEUU, la UE y la OTAN le suministra a Ucrania dinero y armas, así mismo, mercenarios preparados en sus países para enfrentar a Rusia, de igual forma sabotean los gasoductos eslavos de Nord Stream para aprovecharse en su beneficio de la escasez del combustible. Un país cuyo único delito es defender a los ciudadanos rusos habitantes de Donetsk y Lugansk, quienes desde hace ocho años están siendo amenazados y atropellados por los fascistas ucranianos por la sola razón de querer separarse de Ucrania, dada la herencia ancestral y cultural rusa. Si no es una guerra mundial se parece mucho.

No existe una moderación en el lenguaje bélico de los líderes de los países involucrados en la querella, parece que desconocen los efectos de una explosión nuclear en una ciudad y en su población. Juzgo que de sus memorias se borraron los tenebrosos resultados de las bombas de Hiroshima (6 de agosto 1945) y Nagasaki (9 de agosto 1945), tanto en las urbes nombradas como en sus habitantes. No creo que nadie en su sano juicio pueda pensar en someter nuevamente a miles de seres humanos a una temperatura de más 20.000 ºC, tal como la soportaron quienes estaban en lugar del estallido. Los miles de pobladores que lamentablemente quedaron vivos en ambas ciudades decidieron, por azar de esta forma y sin quererlo, el cruel destino que les esperaba. Quienes sobrevivieron a la explosión y lograron atisbar a cierta distancia el estallido lo describieron como una luz cegadora, un gran fragor que provocó un extraordinario fenómeno. Así se conoció por primera vez las graves consecuencias de la energía nuclear. Miles de personas fallecieron desintegrados al momento, el calor fue tan extremo que logró soldar a personas quienes permanecieron pegadas. Los centenares de sobrevivientes caminaron por las calles como zombis hacia ningún sitio, con la cara y las manos quemadas e hinchadas, la piel cayéndoseles en tiras que le colgaba de los músculos como los andrajos de un espantapájaros. Fue la primera vez que la humanidad se percató de los efectos de las radiaciones en la piel de los humanos; aquellos que quedaron vivos se hallaban fatalmente condenados. Pasado el impacto de la explosión, años después de aquel acto criminal de guerra, como fue el ataque despiadado por parte de EEUU contra una población civil de las dos ciudades japonesas, muchos de los sobrevivientes murieron como secuela a de los efectos fatales por la exposición a la radiación atómica. Los pacientes hospitalizados perdieron el apetito, sufrieron vómitos y graves hemorragias intestinales, eran las víctimas de las bombas atómicas que a los pocos días una enfermedad desconocida los llevó a la tumba. El resultado de este experimento nuclear le costó a Japón la muerte en pocos segundos de 200.000 personas inocentes, quienes nada tenían que ver con el conflicto. No hay discusión, la bomba atómica es eficiente.

Reflexiono sobre la maldad de algunos humanos, aquellos malignos que ordenan la invención de un misil con cabeza nuclear, otro científico pérfido que la concibe, otro malvado que ordena el lanzamiento y otro criminal que arroja el ingenio mortal sobre una población civil indefensa. Se condena a muerte o a cadena perpetua a un criminal en serie causante del homicidio de unas doce víctimas, sin embargo, a un genocida como Paúl Tibet, piloto militar responsable del lanzamiento de la bomba atómica apodada "little boy, desde el avión superfortaleza Enola Gay", es condecorado por el asesinato a 170.000 personas en Hiroshima en cuestión de segundos. Algo funciona mal en el cerebro de los "líderes" mundiales.

La experiencia vivida en las dos ciudades asoladas como consecuencia de una explosión atómica, es que quienes no mueren quemados, los desgraciados que queden vivos durante el estampido, no se puede hacer nada para contrarrestar los efectos causados por la radiación, en muchos casos son completamente destructivos. La radiación afecta las células de los órganos que con el tiempo provocan cáncer, problemas en la tiroides, leucemia, tumores, destruye la mucosa intestinal, daño en el sistema nervioso central, pérdida de la conciencia, hemorragias internas y otras terribles enfermedades.

A raíz del lanzamiento de la bomba atónica por parte de EEUU y ante el peligro para las otras naciones de la posesión de esta arma mortífera en manos de una sola potencia, comienza las investigaciones de los científicos de las otras potencias para descubrir el secreto para construir otras bombas con igual o mayor capacidad mortífera. Se forma así el club nuclear integrado por nueve países poseedores de misiles con cabeza nuclear, son estos EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Israel y Norcorea, que entre todos poseen en sus depósitos unos quince mil artilugios mortíferos. Algo exagerado dado que con la explosión de solo tres de estas bombas nuestro hermoso y errabundo globo azul desaparece de la Vía Láctea.

No creo que en la mente de ninguna líder consciente, "defensores de los derechos humanos", "propulsores de la paz mundial", pueda concebir en la actualidad una explosión nuclear para dirimir las contradicciones de las roñosas corporaciones industriales y financieras, a sabiendas que actualmente las misiles con cabeza nuclear tienen una capacidad destructiva mucho mayor que las lanzadas en el 1945. Después de una conflagración nuclear creo que el planeta no quedará nada porque pelear, lo que subsistirá será un planeta sumido en cenizas, tierras yermas, sobrevivientes enfermos que no podrán ser atendidos en centros médicos, aguas infectadas, basura nuclear contaminante, entre tantos males que no tendrán remedio.

No hay guerras buenas, en las guerras no hay ganadores, todas las conflagraciones son malas, quizás por eso el líder cubano Fidel Castro expresó: ¡Tengamos el valor de proclamar que todas las armas nucleares o convencionales, todo lo que sirva para hacer la guerra deben desaparecer! Lee que algo queda.



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Enoc Sánchez


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